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< comprender al
caballo
Estoy
segura de que el lector sabrá que la equitación es mucho más que subirse a un
caballo y comprobar lo perfecto que puede llegar a ser nuestro asiento, lo bien
que puede ir el caballoen la mano y lo bien que puede llegar a andar, trotar y
galopar.
Existe una relación profunda que ha llevado a los seres humanos a amar a los
caballos a lo largo de los siglos, un amor mítico que ponemos de manifiesto en
la historia, el arte y la memoria desde Pegaso hasta Secretaria!, desde el gran
Bucéfalo de Alejandro Magno hasta el Corcel negro de Walter Farley, desde los
caballos clásicos que aparecen orgullosos en los frisos del Partenón hasta las
numerosas imágenes de caballos que nuestra propia cultura utiliza para hablarnos
de la libertad.
Recuerdo lo mágicos que eran los caballos para mí cuando empecé a montar y
creo que mucha gente tiene la misma sensación de inspiración en su primer
encuentro con los caballos. Al recordar nuestra primera experiencia, ¿acaso no
rememoramos una alegría especial, un amor y un aprecio que procedían
directamente del corazón?
Sin embargo, ocurre con frecuencia que a
medida que progresamos nos volvemos "serios" en el entrenamiento, la cálida
comunicación inicial queda enterrada debajo de abstractas teorías sobre los
caballos y la equitación. La simple alegría de entablar una relación con el
caballo se pierde en la búsqueda de la técnica, el rendimiento y la perfección.
Se nos hace más difícil concebir al caballo como un ser vivo y un compañero en
vez de verlo únicamente como algo que hay que domar.
Las técnicas de entrenamiento clásicas hacen hincapié en ideas y prácticas
que, según mi experiencia, proceden más de nuestras reacciones de temor ante los
caballos que de una auténtica sensibilidad y comprensión.
En general se nos enseña que controlar un caballo es dominarlo, que los
caballos no suelen ser muy inteligentes y deben adiestrarse mediante una
constante repetición, que tocar demasiado a los caballos es "mimarlos" y que los
comportamientos que denotan "resistencia", "terquedad", "pereza" o "agresividad"
son un reflejo de rasgos de la personalidad del caballo que hay que combatir con
la fuerza y la dominación.
Pero, según mi experiencia, cuando
tratamos a los caballos como individuos, aplicando a cada uno un ritmo de
entrenamiento distinto, podemos adaptar nuestros métodos para maximizar e
incluso aumentar su capacidad de aprendizaje. Inspirándome en el estudio del
sistema nervioso del ser humano que durante cuatro años llevé a cabo junto al
Dr. Feldenkrais, desarrollé un sistema de entrenamiento denominado Método
Tellington-Jones de Conocimiento Equino al que me referiré como TTEAM, así como
el Masaje Tellington. Los ejercicios denominados TTEAM han sido especialmente
pensados para estimular la capacidad de resolución de problemas y coordinación
del caballo. Al utilizar estos métodos, el lector verá que se puede mejorar la
capacidad de comprensión, pensamiento y acción inteligente del caballo.
¿Pero qué es la inteligencia? A mi maestro Moshe Feldenkrais le encantaba
parafrasear una cosa que Albert Einstein dijo en cierta ocasión: La
"inteligencia", dijo a los estudiantes con la vehemencia que le caracterizaba,
"se mide por la capacidad para adaptarse a situaciones cambiantes".
No hace mucho que he empezado a entender que los animales son inteligentes.
Gradualmente va saliendo a la luz una percepción distinta de los animales. En
mayo de 1988 la revista Newsweek Magazine en un artículo titulado "¿Cómo son de
inteligentes los animales?" afirmaba que: "Criaturas tan distintas como las
palomas y los primates sorprenden a los científicos por su capacidad de
pensamiento. Psicólogos comparativistas han pasado de preguntarse si las abejas
pueden comprender símbolos a detallar su modo de adquisición y utilización de
los mismos. Otros científicos han documentado aptitudes similares en mamíferos
marinos. Otros han llegado a comprobar que los pájaros son capaces de formar
conceptos abstractos. Además, los animales no sólo son capaces de llegar a
dominar las pruebas que los experimentadores les ponen, sino que cada vez más se
está llegando al convencimiento de que muchas criaturas (desde los monos en
estado natural hasta los perros domésticos) saben cosas que han aprendido por sí
mismos y que son tan interesantes como cualquier cosa que les podamos enseñar."
Reconocer que los caballos tienen una personalidad individualizada con
respuestas mentales y emocionales individuales ante el mundo, nos da la
posibilidad de percibir la inteligencia animal de un modo nuevo y por lo tanto
de incidir en el comportamiento. Por ejemplo, saber si un caballo aprende rápida
o lentamente, le permitirá a su entrenador escoger el método de adiestramiento
más adecuado. Un caballo inteligente no sólo necesitará menos repeticiones que
uno más lento, sino que demasiada repetición le aburrirá y buscará maneras de
divertirse (a veces
provocando resistencias) que con toda probabilidad no le harán ninguna gracia a
su entrenador.
Entender a nuestro caballo no significa
ser "permisivo" o no utilizar la firmeza y la disciplina cuando sean necesarias.
Significa más bien abrir la puerta de la cooperación en vez de la de la
confrontación, una actitud que conduce a un mayor rendimiento, mucho más rápida
y fácilmente y de una manera mucho más divertida que a través del dominio, el
miedo o la sumisión. Este punto de vista mucho más humano suele tener un efecto
colateral inesperado ya que es un factor de enriquecimiento personal.
Un caso ilustrativo: hace unos años, durante uno de mis viajes docentes a
Alemania, mi amiga Ulla Tersh von Kaiser me pidió que le echara un vistazo a
Peroschka, una yegua húngara negra de 12 años que acababa de comprar para sus
clases de equitación en la escuela Waldorf de Uberlingen-an-Bodensee.
Había comprado la yegua hacía tres semanas y estaba muy decepcionada con ella.
Según me dijo buscaba un caballo que se llevara bien con los niños de la escuela
y los cuidara, y en cambio esta yegua resultó ser arisca y hostil.
Cuando vi a Peroschka por primera vez
estaba de cara a la pared de su cuadra, con la mirada perdida, en actitud
decaída y triste. Al mirarle a la cara para intentar averiguar algo acerca de su
personalidad, no vi nada que me hiciera pensar en un carácter hostil o
flemático, al contrario, detecté justamente rasgos indicativos de una naturaleza
estable, alegre y sociable.
Se me ocurrió que lo que le pasaba es que se encontraba sola y que echaba de
menos su entorno y sus compañeros anteriores. He podido observar que como las
personas suelen pensar que los caballos no tienen emociones, no suelen
considerar la posibilidad de que puedan sentirse desorientados en su nueva casa
y echar de menos a sus antiguos compañeros.
Le sugerí a mi amiga que, por las tardes, después de las clases con los niños,
fuese a ver a Peroschka a su cuadra, no sólo para limpiarla, sino también para
hacerle compañía, sentarse con ella, hablarle y pasar un rato con ella.
El resultado de este tratamiento fue que no sólo Peroschka les enseñó a los
niños algo sobre personalidad equina, sino también sobre el poder de la empatia.
Superando incluso las expectativas de Ulla, se convirtió en el caballo más
querido, popular y de más éxito entre los alumnos de la escuela.
Años más tarde Ulla intentó retirarla,
pero se puso tan triste en el campo que tuvo que volver a traerla a la escuela y
ponerle un trabajo ligero.
En otro caso de incomprensión, el caballo en cuestión reaccionó a la tensión
emocional con agresividad en vez de hacerlo con inhibición.
Se trataba de una yegua árabe cuyos nuevos propietarios (la tenían desde hacía
tan sólo un mes) habían llegado a la conclusión de que su agresividad y la
resistencia que mostraba eran incorregibles. Cuando intentaban trabajarla a la
cuerda, se venía hacia el centro del círculo con las orejas bajadas hacia atrás
y los atacaba. Antes de sacrificarla hicieron un último intento de recuperación
y me llamaron.
Lo que me encontré cuando llegué me
sorprendió enormemente. La forma de la cabeza de la yegua no se correspondía en
absoluto con su comportamiento. Tenía la cabeza muy fina y reflejaba un grado de
inteligencia, sensibilidad e imaginación extraordinariamente alto. ¿Qué pasa
aquí? -pensé este caballo debería ser una delicia. Al examinarla más de cerca me
di cuenta de que tenía una expresión de gran abatimiento en la mirada, una
mirada que decía: "Dejadme en paz". Era una expresión que ya había visto antes
en animales deprimidos.
Les pedí a los propietarios que me contaran su pasado reciente. Resultó que
había sido propiedad de un chico ciego. La yegua y su dueño estaban totalmente
compenetrados y gracias a sus pacientes y atentos cuidados durante sus paseos,
ésta le había dado el regalo de la libertad. Sin embargo, por alguna razón el
chico tuvo que venderla y ahora estaba deprimida, se mostraba agresiva y se
sentía incomprendida.
Decidí intentar darle cuerda yo misma.
Me atacó casi inmediatamente, con el cuello arqueado y las orejas casi
completamente planas. Sus dueños le habían pegado por este comportamiento, pero
dada la información que tenía sobre ella, decidí evitar las tácticas violentas y
simplemente me quedé quieta. Cuando vio que no me asustaba, se paró.
Debido a su comportamiento agresivo a la cuerda, sus nuevos propietarios
todavía no la habían montado. Yo sospechaba que su comportamiento podía ser una
reacción a la fusta, por lo que les recomendé que dejaran de darle cuerda y
descubrí que montada, la yegua era una auténtica delicia.
Después de este encuentro inicial, la monté durante un mes, haciéndome cargo
de la soledad que sentía. Pasando ratos con ella en la cuadra y dedicándole una
atención adicional, le hice saber que tenía nuevos humanos dispuestos a hacerle
compañía, aunque echara mucho de menos a su antiguo amigo. En muy poco tiempo
demostró ser un caballo excepcional y llegó a cooperar tanto que llegué a
montarla sólo con un ronzal alrededor del cuello, lo que le dio una gran
sensación de confianza y libertad.
Sus propietarios pensaron que era cosa de magia, pero la magia no procedía de
mí. Se debía a que logré entender la personalidad básica de la yegua, y a la
comprensión de que era un tipo de caba llo capaz de hacer cualquier cosa por su
jinete, pero sólo a condición de ser tratado como un ser inteligente. Esta yegua
estaba acostumbrada a ser tratada por su antiguo dueño como un individuo, no
sólo como un "caballo" y sus nuevos propietarios, como mucha gente del mundo del
caballo, no estaban acostumbrados a ver los caballos de esta manera. Como la
yegua tenía plena consciencia de su individualidad no quería cooperar con gente
que no conocía o con la que no tenía ninguna relación. Su respuesta inmediata
ante la dominación o el castigo, fue una resistencia agresiva.
Una de las características más importantes de la consideración de la
personalidad para la equitación es que supone una ayuda para prevenir estos
malos entendidos entre caballo y jinete. El modo en que los caballos reaccionan
mental, emocional y físicamente ante los estímulos primarios del dolor
(emocional o físico) y el miedo, depende totalmente de sus características
individuales. Conocer las tendencias innatas de nuestro caballo nos ayudará a
interpretar correctamente e incluso a predecir su comportamiento en
circunstancias distintas y a adaptar los métodos de adiestramiento en
consecuencia.
Los caballos (y los seres humanos) reaccionan de cuatro maneras distintas ante
la incomprensión, el miedo o el dolor: con el impulso de huir (escapada), luchar
(agresión), bloquearse (inmovilización) o desmayarse (pérdida de consciencia).
Mi experiencia con caballos y otros
animales me ha demostrado una y otra vez que la incomprensión, el miedo y el
dolor están en el origen de los problemas de aprendizaje o de comportamiento.
Todas las criaturas de la familia humana-animal reaccionan con estos cuatro
impulsos, pero estos reflejos son especialmente evidentes en los caballos debido
a su tamaño y su sensibilidad, y en razón de las exigencias especiales que
tenemos con ellos. En estado salvaje, los caballos huyen ante una amenaza en vez
de quedarse y combatirla, pero en su restringido ámbito doméstico, las
situaciones que les atemorizan pueden provocar uno de los cuatro actos reflejos,
dependiendo de su personalidad y de las circunstancias en que se produzcan.
Algunos individuos como la yegua árabe transforman su miedo y su dolor en un
"combate" mordiendo y coceando, y cuando se sienten acorralados, atacan. Otros,
si son amenazados o golpeados y no pueden escapar, se "bloquean" y se niegan a
moverse o en casos extremos se echan y simplemente abandonan (se "desmayan"). He
visto caballos que tenían tanto miedo de ir en remolque que incluso después de
haberles pegado mucho se quedaban paralizados en la rampa (o se desmayaban)
antes que entrar.
En los miles de casos que he estudiado y según mi experiencia personal, he
descubierto que existe una definida correlación entre algunas de las señales de
la cabeza de los caballos y el tipo de reacción refleja que tienen.
Por ejemplo, según algunos neurobiólogos, se produce una reacción química en el
cerebro que actúa como desencadenante cuando el animal se siente amenazado y que
determina el tipo de reflejo que se va a producir, bien sea el de la huida o el
de la lucha. Observando la cabeza del caballo, podemos hacernos una idea del
tipo de respuesta más probable.
Por ejemplo, un caballo con perfil
cóncavo tendrá tendencia a reaccionar con la huida, mientras que un caballo que
muestre una prominencia por debajo de los ojos, tendrá tendencia a pelear. Si
tratamos con agresividad a un caballo de perfil acarnerado, lo más probable es
que reaccione también de forma agresiva.
Evidentemente existen excepciones a la regla. Algunos caballos con cabeza de
perfil cóncavo, si no pueden obedecer a su impulso natural de huida y se ven
acorralados, probablemente pasarán al ataque, llegando incluso a enfrentarse con
su entrenador hasta que éste desista. He podido observar con frecuencia el
reflejo consistente en quedarse bloqueado, en caballos con cabeza de perfil
recto que se muestran cooperadores, pero que simplemente no entienden lo que se
les está pidiendo.
Estos caballos no intentan pelear ni escapar, simplemente se bloquean y
abandonan toda acción.
Este tipo de reflejo es fascinante porque normalmente no se entiende y esto no
sólo ocurre con los animales, sino también con los seres humanos. Cuando
realmente comprendí el funcionamiento de este tipo de respuesta, fue durante mi
experiencia como educadora de niños disminuidos y con trastornos del aprendizaje
a través de la hipoterapia (terapia mediante la equitación).
Un día leí un documento escrito por la
Dra. Annabelle Nelson, una prestigiosa psicóloga. Su tratado versaba sobre la
parte límbica del cerebro (la parte que, dicho del modo más sencillo, controla
las emociones, las funciones metabólicas, la motivación y la intuición). Según
la tesis de la Dra. Nelson, el sistema límbico puede intensificar tanto como
inhibir la capacidad de aprendizaje y ello en función del estado emocional del
sujeto.
Un estado emocional de miedo hace que el sistema límbico bloquee las respuestas
corporales, mientras que la felicidad y la confianza estimulan el sistema
límbico y permiten un mayor número de respuestas.
Así que cuando los niños están en un ambiente de aprendizaje en el que no
están a gusto, no pueden aprender porque su miedo los "bloquea" físicamente.
Este mismo reflejo es el que hace que un conejo se quede literalmente de
piedra cuando es perseguido por un depredador, que un actor presa del miedo
escénico, se quede mudo, o que un caballo se quede completamente rígido y se
niegue a moverse.
El reflejo del desvanecimiento se
produce sobre todo al cargar los caballos en un camión. Por lo que he podido
observar, la mayoría de los caballos que no quieren subir al camión son caballos
nerviosos o que han tenido una mala experiencia, o tienen claustrofobia, o nunca
les han enseñado cómo subir al camión mediante ejercicios especiales.
A veces se asustan del sonido hueco que hacen con sus propios cascos al pisar la
plataforma de la rampa. La primera reacción de este tipo de caballos es la
huida. Intentan escapar retrocediento y dándose media vuelta. Cuando se dan
cuenta de que no pueden escapar, pasan a la siguiente fase que es la del bloqueo
y si se les pega insistentemente, a veces se dejan ir y se echan.
Una vez presencié un caso como éste en que usaron un acial de cadena para
obligar al caballo a entrar y le hacía tanto daño que al final simplemente optó
por dejarse caer y quedar en una especie de estado catatónico.
Con mucha frecuencia los entrenadores malinterpretan estos cuatro tipos de
reflejos, creyendo que son intentos intencionados del caballo para imponer su
propia voluntad. En cambio, normalmente lo que ocurre es que la consciencia del
caballo está en suspenso. Ha dejado de respirar, algunos impulsos de su cerebro
se han bloqueado y por decirlo de un modo llano, funciona con el "piloto
automático".
Con frecuencia estas malas interpretaciones nos llevan a actuar de un modo
reflejo. Nuestra propia frustración nos pone agresivos y esta tensión recíproca
nos conduce a una especie de círculo vicioso.
Según mi experiencia resulta mucho más
eficaz actuar en base a una mutua comprensión que a consecuencia de una acción
refleja, porque el caballo puede aprender que no es necesario reproducir el
mismo comportamiento indeseable en circunstancias similares. En efecto, al darle
al caballo una oportunidad para que comprenda lo que le estamos pidiendo,
estamos interrumpiendo tanto su ciclo de respuesta refleja como el nuestro y de
este modo le será mucho más fácil conseguir un aprendizaje real.
La incomprensión de las reacciones reflejas de los caballos puede darse de
muchas maneras. Por ejemplo en el caso de un caballo joven, al que montamos por
primera vez y que no está preparado para moverse hacia adelante
con una simple orden verbal, una señal o un golpe. El jinete lo monta y el
caballo se queda quieto, totalmente bloqueado. He leído libros en los que se
describe este comportamiento como el de un caballo de personalidad terca y
rebelde. He hablado con entrenadores que me han dicho que si un caballo se niega
a moverse simplemente es porque ha decidido dominar a su jinete y hacerse con el
control.
Cuando un caballo no quiere ir hacia adelante en una situación como ésta, la
solución que adoptan la mayoría de los jinetes consiste en pegarle o espolearle
y el caballo suele explotar y botarse. Entonces se lo etiqueta de agresivo,
obstinado y resistente. No creo que esto sea cierto. Creo que el caballo ha
estado aguantando la respiración y explota intentando huir. Entonces el jinete
lo castiga y empeora el problema.
Este tipo de respuesta no es indicativa
de un mal carácter, simplemente es el modo en que determinados individuos están
programados por la naturaleza para soportar el miedo y el dolor. Y debo decir
que es totalmente posible volver a programarlos.
Otro error de interpretación grave consiste en etiquetar a un caballo
calificándolo de "hipertenso", "nervioso" u "obstinado" cuando lo único que está
haciendo es reaccionar ante la tensión, el dolor o algún malestar físico. Sé por
propia experiencia lo irritable y sensible que me pone el dolor y probablemente
el lector habrá podido experimentar las mismas sensaciones. Como el caballo no
puede decirnos que le duele algo, lo más fácil es suponer que su comportamiento
procede de un problema de personalidad.
Si analizamos la cabeza y el cuerpo del caballo y no encontramos ninguna señal
que indique cierta propensión a un comportamiento nervioso, tenemos que
comprobar que no tenga dolor, tensión o sensibilidad a nivel físico.
Me percaté de la gran relación que existe entre dolor y personalidad cuando
vivía en California en 1975. Nunca olvidaré la experiencia porque aunque ya
hacía treinta años que estaba trabajando con caballos diariamente fue una
auténtica revelación.
Una alumna me pidió que la acompañara a ver un caballo que quería comprarse
para pasear por el campo. Fuimos a unas cuadras de San José disfrutando durante
el camino de las doradas colinas del lugar y del penetrante olor de los
eucaliptos. Trajeron al caballo a la pista. Era un pura sangre inglés de nueve
años y mi alumna lo montó a los distintos aires.
No tuve necesidad de observarlo durante más de dos vueltas, el caballo tenía
las orejas echadas hacia atrás y la cabeza levantada, y estuvo sacudiendo la
cola todo el tiempo mientras lo montaba mi alumna. "Muchas gracias", le dije a
su propietaria, "pero no es el tipo de caballo que buscamos".
"No lo entiendo", dijo ella. "Normalmente no es así". Aunque sabía que mucha
gente que está intentando vender un caballo es capaz de decir cualquier cosa
para conseguirlo, decidí hacerle unas preguntas.
"Bueno", dije, "si el caballo no suele comportarse así, ¿es posible que usted
haya hecho algo diferente últimamente que provoque este cambio de actitud?"
Se quedó pensativa. "Lo llevé a un recorrido de campo hace dos días", dijo.
"Hacía meses que no salía y estuvo nervioso e intranquilo todo el rato por lo
que le giré la cabeza a un lado para poder controlarlo".
Le quitamos la montura y le pasé las manos por todo el cuerpo. Descubrí que no
sólo tenía un punto muy sensible en el cuello, sino que tenía el dorso muy
tenso. Di un paso atrás y de repente, mientras lo observaba, se hizo la luz en
mi mente: un momento, pensé, lo que parece ser un problema de carácter puede ser
debido al dolor o a las molestias físicas que padece. Esto significa que si
podemos eliminar el dolor del cuerpo, podremos cambiar la personalidad.
A penas podía creer las implicaciones que tenía esta interpretación. En 1965
mi marido y yo escribimos un monográfico titulado Terapia física para el caballo
atleta. Pasamos años trabajando en caballos con masajes y terapias físicas para
acelerar la recuperación después de un trabajo intenso. En mi calidad de juez de
la NATRC (Federación Norteamericana de Equitación de Campo) tuve ocasión de
examinar muchos caballos, pero nunca se me pasó por la cabeza esta idea, nunca
se me ocurrió que el dolor y la personalidad podían ir intrínsecamente unidos.
Era una manera totalmente nueva de ver a los caballos.
Desde entonces he podido comprobar una y
otra vez la capacidad de transformación que proporciona la comprensión de este
hecho. Cuando empezamos a considerar a nuestros caballos como individuos, se
flexibiliza nuestra manera de montarlos y entrenarlos y se nos abre un sinfín de
nuevas posibilidades.
Cuando empezamos a perder el miedo a ser amables con los caballos, descubrimos
que la ansiedad y la tensión desaparecen. En vez de aguantar la respiración,
podemos relajarnos y "respirar fácilmente". Cuando somos conscientes de que la
amabilidad no significa una pérdida de atención, juicio o control, nos damos
cuenta de que podemos permitirnos el gran placer que supone ofrecer nuestra
amistad a los caballos.
Empezamos a comprender muchas más cosas en otros ámbitos de la vida, tendemos
a ser menos inflexibles con nosotros mismos como jinetes, nos hacemos más
pacientes y considerados en nuestras relaciones con nuestros hijos, nuestros
seres queridos y nuestros amigos. Algo estimulante penetra en nuestros conceptos
cerebrales de disciplina y ambición, suavizándolos, algo que los reviste de
simpatía y claridad y que a mí me gusta denominar "corazón".
Linda Tellington-Jones
Sybil Taylor.
Comprender El CABALLO
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