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Ha llegado el nuevo día, ya se han levantado todos en la casa, María coge al pequeño Tomás en brazos y lo lleva a la cocina, donde Teresa -su abuela-, le tiene preparado un buen tazón de leche con galletas. El niño señala insistente con su mano a la puerta de dos hojas que comunica con la cocina, junto a la pared de la chimenea. -Quiere que le abramos la puerta de la cuadra-, dice Luisa, su tía abuela. Así lo hacen y Tomás da un grito de alegría, ve a la torda y sabe que detrás de la otra puerta, la de abajo, está Canela, su potro.

No hace falta que le lleven en brazos, el sólo se baja de la silla y se acerca a la puerta cerrada, con su manita regordeta les pide que la abran y así lo hacen. Han esperado a hacerlo para ver como reacciona Tomás, y su reacción ha sido buena, no espera; se ha vuelto mas autónomo desde hace solo un día. Ha sido el milagro de su amigo. Vuelve el niño a entrar en la cuadra y el potro da un pequeño relincho cuando lo ve, sorpresa, alegría, quien lo sabe; el caso es que se adelanta poco a poco pero con seguridad hacia Tomás, y vuelve a ocurrir lo mismo del día anterior. Canela apoya su cabeza en el hombro de Tomás y Tomás le abraza hasta donde sus brazos alcanzan-.

Van pasando los días, y entre el niño y el potro se afianza mas el afecto. Son cada vez mas las ocasiones en las que los dos pasan el rato observándole y tocándose. La familia se ha relajado bastante con los avances de Tomás, pero no reparan en que estos momentos de avance se limitan a cuando está con el potro, el resto de las cosas no le interesan demasiado.

Como han ido pasando los días, también han ido pasando los meses, ya es primavera, el aire huele a flores y a tiempo mas templado. -Habrá que dejar a la torda y a Canela fuera- dice Manuel, -el tiempo es bueno y los animales estarán mejor al aire libre-. Y así cogiendo a la torda con el ronzal, la saca fuera de la cuadra, ella va tranquila, siguiéndola el potro; sin su madre el no se queda en la cuadra. Se sorprende Canela al salir a espacio abierto, de pronto empieza a dar unos brincos casi al doble de su pequeño tamaño -tendrá Canela ahora unos tres meses-. Todo es nuevo para el y así lo percibe, aquí hay un poco de hierba alta, pues doy un salto porque parece que algo se mueve en el suelo, el no se da cuenta de que es su propia sombra, lo único que importa es que se siente totalmente libre y a gusto recibiendo el sol en su lomo, así que como ya ha desayunado el también, decide echarse un sueñecito en la hierba que al principio le asustó.

Y otra vez, sin darse cuenta los de la casa, sale también Tomás al campo, se acerca a donde el potro está durmiendo y sin  mas entra dentro del cercado, se arrodilla al lado de Canela, se tumba encima de el y se queda también dormido al sol de la mañana. En la casa se dan cuenta de que falta el niño,
y aunque en principio los nervios afloran, sobre todo en las mujeres, algo les dice que no hay motivo para ello, el niño estará con el potro, -lo que no se imaginan es como-. Salen de la casa para buscarlo y la emoción les embargó de tal manera al verlos tan relajados durmiendo juntos, que todos tenían lágrimas en los ojos.

Lo que no pudieron ver, era a Canela despierto, con sus grandes ojos abiertos, tan quieto; que tenía muchísimas ganas de levantarse y no lo hacía para que el niño, su amigo; no se despertara. Es como si pensara -¿y si me muevo, y si se cae?-, -¿y si se hace daño?-.

Fué pasando la primavera y acercándose el verano. La primera había transcurrido serena y placentera. Ha habido también un canto de esperanza para Tomás y su familia durante la casi terminada primavera. Les han hablado de un médico en la Capital, que parece tiene grandes éxitos con niños de poca atención con su entorno. Van planeando Manuel y María concertar una visita con ése médico y cuando lo consiguen tienen que pasar día y pico fuera de casa, cosa que a María no le hace mucha gracia, le da no se qué pasar fuera de su casa la noche con Tomás, no sabe como va a aceptar Tomás salir del lugar que le proporciona seguridad.

Ha llegado el día de la visita a la capital, ya está todo preparado para la cita médica, no son muchos kilómetros, pero resulta inquietante pasar dos días fuera de casa y de viaje con Tomás. Lo que no sospechan es que al llegar el autobús a recogerles, Canela los ve y cuando parten el potro no encuentra consuelo, sus relinchos se oyen como impulsados por un gran eco, tanto es así  que el conductor para el autobús y María tiene que bajar de el con Tomás en brazos, acercarse a la cerca donde esta Canela y permitir que el niño y el potro estén un rato juntos antes de irse. De nuevo suben al coche pensando que ya está todo tranquilo, pero Canela no entiende nada, para el se llevan a su niño, cree que no lo volverá a ver, -quien le hace entender que  está equivocado-. Así que entre relinchos y llantos tienen que partir para la ciudad.

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