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Todo son preguntas en la casa, -qué como está el niño-, -qué tal han pasado los dos días-, -¿qué ha dicho el médico?-. Manuel y María están un poco abrumados con tanta pregunta y se disponen a responder, pero con calma, han llegado apenas hace una hora; Tomás dormido, ellos cansados, el potro que les ha oído, relinchando sin parar -!qué locura!-, piensa María.
-Bueno- dice la madre. -El médico no nos ha dado muchas esperanzas, el niño no ha nacido tranquilo, abuela, tiene un problema de atención serio y es por ello que no habla y anda mal. Pero no todo es malo, si que mentalmente puede que sea siempre un bebé, pero hay especialistas muy preparados que les ayudan a aprender a ir hacia adelante, y debemos pensar y decidir si enviamos a Tomás todos los días con ellos para ayudarle-.

Estaban hablando cuando el niño se despertó e inmediatamente pidió a su manera ir con Canela. Era tarde y todavía estaba por cenar para acostarse, pero quien le negaba a Tomás ir a ver a su amigo. Allí que lo llevaron, y era siempre igual de emocionante verlos cuando se encontraban, medio trotando uno para llegar cuanto antes donde su niño y Tomás hacia lo que podía corriendo a su forma para llegar donde Canela, parecía una película de enamorados. Les permiten, como siempre; estar juntos un buen rato, abrazados; Tomás suele terminar bastante babeado, pero no le importa, el no entiende de ascos, el entiende de amor; ése gran amor por su caballo. Se diría que saborean con el pensamiento cuando sean mayores y puedan correr en libertad el uno con el otro por el campo, solos; disfrutando de la mutua compañía.

Esa noche, los padres hablan durante mucho tiempo en la intimidad de su dormitorio y terminan tomando la decisión de enviar para el siguiente curso a Tomás a la escuela. Saben que llegará al pueblo un profesor de educación especial y quieren que su niño tenga una oportunidad con él. También hablan de Canela, saben que está, sin saberlo; ayudando mucho a Tomás. Deciden también, aunque falta un tiempo, no separar a Canela de su madre para el  destete, le van a dejar con su madre y que la naturaleza haga lo que tenga que hacer. Y así se duermen relajados, ya han arreglado un poco el mundo del niño y el potro.

El verano es de desasosiego en el campo, tanto trabajo se tiene, que no queda demasiado tiempo para pensar en otras cosas, Manuel no está para preguntar como van la vida en la casa, no es que no le preocupe, sabe que María y las demás mujeres se organizan bien con la casa y con el niño. Pero si que está un poco nervioso cuando piensa en Tomás y en la escuela, en como se aclimatará a estar alejado de ellos, que tal aceptará a los otros niños, como aceptarán a Tomás; muchas dudas para aclararlas así, sin saber. Pero algo en su interior le asegura que todo irá bien, ése sexto sentido que dicen tenemos. ¿Y Canela? ¿cómo lo llevará Canela? Es que hay que pensar en los dos, porqué ya tienen claro todos en la finca, que uno sin el otro no son nada. Señor, que todo salga bien -parece pedir Manuel, mirando hacia el cielo-.

Están pasando Canela y Tomás un verano de lo mas plácido. Tumbados en la arena, que hasta no hace mucho era hierba, pero con el sol de Agosto; no hay hierba que resista. Cuantas veces los encuentran dormidos uno junto al otro, otras veces están mirándose, parece que se hablan aunque no se expresan con palabras, se entienden perfectamente, no les hacen falta.
Otras veces, caminan juntos; no se va el potro del lado del niño. Le puso Manuel al principio una cabezada para que Tomás lo sujetara del ronzal, cosa que a Canela no le gustó demasiado. Atado, si siempre ha estado en libertad con la torda, ¿qué hace con ésa cosa en la cabeza y encima con una cuerda; si el no se va a ir, si se va ¿qué va a ser de Tomás?. Pero si su mayor anhelo es estar con su niño y con el calor de su madre. Así es que lo dejan libre, y no se asombraron de que no le hacían falta sujeciones, que maravilloso era verlos pasear juntos entre los pinos y descansar a la sombra cuando apretaba el calor. En la casa ya se han acostumbrado a que el niño salga a la finca, siempre hay alguien vigilando, pero realmente no hace falta. Los dos están seguros.
 

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