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entrega 6
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Ya por la mañana temprano hay un movimiento extraño en la cocina, Tomás
desayuna tranquilo con su abuela Teresa, pero sus ojos miran todos los
movimientos que perciben diferentes a los días anteriores. no es consciente de
porqué pero algo lo está alterando, algo no es normal para el. El niño poco a
poco se va enervando hasta que termina con una gran casqueta, tira el tazón del
desayuno de encima de la mesa y no quiere estar con su abuela ni con su tía ni
con nadie. Su madre tampoco sabe como consolarlo. Pasados unos minutos parece
que el niño va volviendo a la tranquilidad habitual en el , de todos modos
Manuel y María habían decidido ser fuertes y pasara lo que pasara llevar a Tomás
a la escuela.
En el cercado Canela que ha oído llorar a su amigo da vueltas sin parar, intenta
salir empujando la cerca, no sabe que para eso hace falta saber abrir el
pestillo de seguridad, incluso intenta saltar, pero todavía no sabe calcular la
altura de las vallas y tiene que desistir de ello. Cuando el niño se calla, el
se calma; pero está con el oído alerta, no se fía de la aparente calma, y hace
bien. Su sexto sentido también parece estar muy desarrollado.
Se acerca la hora, Tomás y sus padres están preparados para salir hacia el
pueblo, todos en la casa intentando disimular su tensión, hay que hacerlo para
que el niño esté mas tranquilo, pero que difícil resulta. Recogen la bolsa que
debe Tomás llevar a la escuela para el día, con su ropa de cambio por si hace
falta, algún juguete querido por el y algo de comida, por si tiene problemas en
el comedor al comienzo del curso. Manuel coge a su hijo en brazos, junto a él,
María; y salen de la casa. Tomás extiende los brazos hacia Canela pensando que
lo llevan con el potro y cuando ve que no es así se revuelve como una culebra,
tanto es así que casi se le cae a su padre de los brazos. Manuel consigue
sujetarlo y la Mari lo agarra de una manita para que se sienta mas tranquilo,
pero no; Tomás no sabe de maestros estupendos que lo van a educar especialmente
mejor, Tomás solo siente dolor en su corazón porqué no le acercan donde está su
amigo como todos los días, Canela le entiende mejor que nadie, los dos son uno,
pasean y se ríen juntos, cada uno a su forma y en sus silencios saben el uno del
otro hasta en lo mas profundo de su ser.
Canela se alza de manos, da manotadas en el aire, el tampoco entiende nada
¿dónde se lo llevan? Se para enfrente de la torda, como si le debiera una
explicación; pero ella ajena a este ajetreo se dedica a pastar y lo mira de
reojo -con su madre no va a encontrar la respuesta-. Algún día aprenderá el
potro que con la edad las cosas se toman de otra manera más calmada, que lo que
tenga que ser, será -parece decirle su madre con la mirada-. Con el crecimiento
también a Canela y Tomás les ha llegado el momento de aprender la disciplina de
la vida.
Durante el trayecto hasta la escuela, Tomás se ha quedado un poco traspuesto,
pero abre los ojos al notar como la camioneta de su padre va perdiendo
velocidad, fijando su vista en todo lo que le resulta extraño y nuevo, no llora;
está cansado de llorar y se deja llevar dócilmente hasta la escuela, donde le
está esperando en la puerta un señor que se supone que es de quien hablaba D.
Antonio el viejo maestro, éste es mas joven y tiene una cara agradable.
Sonriente recibe a la familia y acaricia a Tomás en la mejilla, el niño recibe
agradecido la caricia, su mano tibia le reconforta aunque en apariencia retira
su cara -no importa- dice Javier, que es así como se llama -poco a poco se irá
acostumbrando a todos nosotros, estará bien, los demás niños le están esperando
contentos de tenerlo entre ellos, va a ser su nuevo amigo-. Manuel deja a su
hijo en el suelo y Javier le extiende su mano, Tomás la acepta y se va con él
hacia dentro, sin mirar atrás, ni a sus padres.
María no para de llorar de regreso a casa, Manuel no sabe como consolarla y con
una mano en el volante y la otra en la de su mujer le cuenta que hace tiempo,
mucho tiempo que necesitan los dos un poco de respiro, que el niño va a estar
bien y ellos podrán recuperar parte de momentos que ya parecen olvidados y
perdidos en el recuerdo. Manuel ha decidido volver a dar sus paseos con la torda
por el campo, aquellos paseos que tan bien le sentaban después de un duro día de
trabajo en sus tierras, si, está decidido. Y María ya más tranquila le dice que
podrá dedicarse a su jardín, tan bonito
como lo tenía y de ésa forma se le hará más corta la espera de que su niño
llegue a casa.
Lo que no se esperan es que a la llegada a la finca, los jornaleros les salen al
encuentro gritando que el potro se ha escapado, no saben como ha abierto la
verja, pero lo ha hecho y se ha escapado galopando como el viento en dirección
al pueblo. Manuel no se lo puede creer, han conseguido dejar a Tomás tranquilo
pero se han olvidado de Canela -es otro niño y su reacción imprevisible-. Menos
mal que Manuel es hombre tranquilo, baja de la camioneta, coge una cabezada y
volviendo a subir parte hacia la escuela, sabe que el potro está allí, sin
ninguna duda.
En el pueblo la expectación está servida, Canela no para de dar vueltas
alrededor del edificio, los niños pegados a los cristales de las ventanas, los
maestros que no saben como actuar y desde luego Tomás feliz, su amigo está con
el . Pero a los dos les queda un disgusto mas que soportar ésta mañana, Manuel
ha llegado y con toda paciencia ha sujetado al potro con la cabezada y
agarrándolo por el ronzal, parte de nuevo para la finca, se acabó -parece ir
pensando-, mañana dejaré a Canela en la cuadra cuando traigamos a Tomás al
pueblo.
Esa misma mañana, hacia el mediodía, Manuel ensilló a la torda y fue a perderse
por el campo, necesitaba volver a encontrarse consigo mismo en la soledad y la
tranquilidad de un poco de silencio. María no dijo nada cuando vio a su marido
marchar, se quedó quieta mirando como se iba haciendo pequeño en la lejanía del
horizonte y sintió en su corazón un gran amor hacia el, era un buen hombre y una
gran ayuda para ella.
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