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entrega 7
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Y así, sigue pasando la vida
en la finca, Manuel no ha dejado un solo día su paseo al atardecer con la torda,
María contenta; aunque no es época de flores ya que está bien entrado el otoño,
no importa, prepara la tierra para que pase bien el invierno, planta simientes
para que todo florezca hermoso en primavera. Y Tomás, hay Tomás; sigue acudiendo
a la escuela por supuesto, pero el niño está triste. Todos saben el porqué de su
tristeza pero tienen que ser fuertes y no caer en compasión hacia el, si así
fuera todo lo que ha avanzado con Javier se quedaría anclado en el recuerdo.
Porqué así es, Tomás va aprendiendo a entender lo que quiere aún sin palabras,
ya no es señalar por señalar, ahora es mas consciente de sus sentimientos y de
sus deseos. Se ha ido acostumbrando a separarse de Canela, sabe que no es para
siempre, cuando vuelve a casa a primera hora de la tarde no hace caso a nadie,
solo quiere estar con su potro y allí le llevan; entonces si sonríe, es feliz al
igual que el potro pasando un buen rato juntos en libertad, paseando por la
finca hasta que oscurece y cada uno debe volver a su sitio, Tomás a la casa,
Canela a la cuadra, ya empieza a hacer frío y la torda y él descansan abrigados,
junto a la pared de la chimenea.
Todo va avanzando y la vida también, Tomás creciendo y desarrollándose fuerte,
cada día un poco mas independiente y Canela está a punto de cumplir tres años.
Manuel ya tiene entre sus planes empezar a domar al potro, no ha tenido mucho
tiempo y lo ha retrasado un poco, pero no importa; tiene buena edad para
empezar, Y dicho y hecho, un domingo por la mañana sin decir nada a nadie, sale
temprano de la casa sacando a Canela de la cuadra. El potro mira adormilado a
Manuel y se siente nervioso. expectante; hay algo que le pone nervioso, el no
entiende de horas, pero algo le resulta extraño; si no ha desayunado siquiera ¿a
dónde va? -parece preguntarse-, además va con la cabezada puesta ¿no se han
enterado de que el no la necesita? Para esto si Canela, para esto si la
necesitas, todo está bien, no te pongas nervioso -dice Manuel-.
El potro parece entender y se calma, sabe que está en buenas manos y se deja
llevar al cercado redondo, entran los dos; Manuel se queda en el centro y deja a
Canela que vaya por el exterior, alrededor de él. Bueno, parece fácil; si sólo
es esto todo va bien -parece pensar el potro mientras camina alrededor de
Manuel-. Están así durante un buen rato, primero a una mano, luego a la otra.
Tiene maneras el potro, se deja enseñar. Muy bien Canela te has ganado volver a
la cuadra con la torda y desayunar tranquilo.
Ya en casa, Manuel toma también un buen desayuno con Tomás sentado en sus
piernas -ya es un poco grande pero a él no le importa-. El niño se ha levantado
mientras estaba fuera y cuando ha vuelto lo primero que ha pedido Tomás es estar
con su padre, al que una lágrima recorre su cara emocionado por el cariño de su
hijo . Quizás ésta vez Tomás no ha pedido ir primero con Canela porqué ahora lo
ve muy a menudo, ya que la puerta de la cuadra se asoma a la cocina y puede
estar con su amigo en todo momento. Se respira paz en la casa. Todos han
aprendido a entender mejor a Tomás y el va aprendiendo a conocerse y hacerse
entender mejor por los adultos. En éste espacio de tiempo todo ha ido mucho
mejor. Qué tranquilidad -parece pensar su padre-.
Lo que Manuel no sabe, es que Tomás les ha estado mirando apoyado en un árbol,
medio escondido, no ha perdido detalle de los dos mientras veía caminar a Canela
alrededor de su padre y está tan agradecido de que a su amigo se le haya tratado
con tanta paciencia y tranquilidad, que hoy ha experimentado un sentimiento
especial hacia su padre, -será lo que el resto del mundo llama amor y respeto-.
Han pasado ya unos días trabajando al potro despacio, al paso, Manuel ha
decidido que hoy lo hará trotar un poco, que saque sus regios aires, que se le
note su clase, es un gran potro. Pero una cosa es pensar y decidir y otra muy
distinta, hacer. Hoy Canela no tiene el día, hoy él no tiene ganas de
disciplina, sólo quiere estar con Tomás, pero el niño no está en la casa, cada
cual tiene su escuela particular, uno en el pueblo, el otro en la finca y cada
cual tiene que poner atención a lo que sus maestros enseñan. Manuel ha tenido
que coger un látigo para chasquear a Canela y el potro obedezca mejor, pero
tampoco, poco le importa el chasquido, se da la vuelta a izquierda y derecha, se
para enfrente de él, manotea y se para; o repentinamente galopa sin control.
Manuel desesperado, perdiendo la paciencia, él que tiene toda la del mundo, se
está enfadando con Canela. Cómo pasa a menudo no oye llegar a su hijo, el niño
es silencioso, pero lo nota detrás de él ¿qué haces aquí pequeño? -pregunta
Manuel-. Tomás no responde, pone su mano en la mano que sujeta el látigo y
cogiéndolo lo deja en el suelo, extiende después sus brazos a su padre y coge la
cuerda que ata a Canela cómo diciendo -déjame a mi, yo puedo hacer que todo vaya
bien-. Y así es, Canela con Tomás no da un problema mas, trabaja a la cuerda con
orden, sin brusquedades, además mira a Manuel como diciendo -no te asombres
hombre, mi amigo es él, por él y para él hago todo, y todo bien-.
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