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< entrega 8                              

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Todo va muy bien entre enseñar al potro y Tomás creciendo deprisa, tanto es así que Manuel ha pensado en ensillar a Canela y que lo monte el niño, todo va a ir bien, seguro -piensa-, pero  habrá que probar. Primero ensilla a la torda y el potro no quita ojo, lo ha visto hacer muchas veces, pero hoy le llama particularmente la atención. Vamos haber si nos da tiempo a pasear un poco por la finca
-comenta Manuel como hablando para sí mismo-. Cuando pueda ser pasearán por las afueras de la finca, cada vez oscurece mas tarde y es bueno que los animales salgan a caminar por el campo, que hagan ejercicio.

Canela está muy contento, parece leer el pensamiento del amo. Voy con mi niño -seguro que está pensando-. Se está muy quieto mientras Manuel lo prepara ante los ojos expectantes de Tomás que no pierde un sólo detalle.
Cómo es buena hora y el sol se pondrá mas tarde, María; que también sabe que se van con Canela y la torda, les prepara una bolsa con algo de merienda por si Tomás quiere tomar algo por el camino.

Sube Manuel al niño al potro, al principio con un poco de miedo, hasta que ve por si mismo que Canela es todo un señor, mucho mas llevando encima al niño. No se porqué dudo -dice en alto- parece que no te conozco Canela; si eres el caballo con mas corazón que he conocido en toda mi vida. Así, padre e hijo parten a dar la vuelta a la finca; la torda primero, Canela tras ella, todo es calma y sosiego. A mitad del camino Tomás con gestos y ademanes, llama la atención de su padre, el niño indica con su brazo que quiere ir hacia algún sitio concreto. Manuel no le hace demasiado caso en un principio, hasta que aparta a Canela del lado de su madre y toma el sólo dirección hacia el pueblo, pero; éste chico ¿a dónde va? -se pregunta-. No hay duda, toma dirección hacia la población, pero ¿es que nadie entiende? El orgullo de Tomás es su potro, y lo que pretende es que todo el mundo lo conozca, se siente tan bien con Canela que no hay nadie mas feliz en el mundo que el. Que bien van los dos, el potro despacio, todavía no controla bien su fuerza y no quiere que le ocurra nada al niño y Tomás se siente tan libre encima de Canela. El suave movimiento en el caminar tranquilo, el viento refrescando su cara, así me siento bien -piensa en el fondo de su alma- mis piernas no  me frenan, puedo moverme sin que los demás me miren entre frustración y misericordia. Quiero vivir siempre encima de Canela, mi potro. El rey de los caballos.

Llegados al pueblo se encuentran con algunos amigos de Manuel, que les explica que el chico ha pedido llegar hasta allí. Creo yo que quiere enseñar a todos que tiene un gran amigo -les dice-. Como se pavonea Tomás por las calles, sus compañeros de escuela salen a su encuentro, pero el camina encima de su potro entre ellos como si cabalgara en su cabalgata particular. Los niños quieren tocar a Canela y Tomás lo para para que lo acaricien, se pone un dedo en los labios como diciéndoles, no gritéis, no hace falta, Canela se deja, pero no le pongáis nervioso. Manuel que ha visto todo, piensa que su hijo es mas listo de lo que los demás creen, y alguna vez se darán cuenta de lo que el ve, aunque no lo cuente. Una vez hechas las presentaciones, Tomás pide a Manuel marcharse. El padre sube de nuevo a la torda y junto a su hijo toman de nuevo camino hacia la casa despidiéndose  de la gente del pueblo. No habían caminado mucho rato cuando Tomás para a Canela y hace ademán de bajar del potro, Manuel inmediatamente para a la torda y ayuda a su hijo a desmontar. No entiende porqué el niño hace esto, -te sorprenderá mas veces Manuel-. Tu hijo quiere estar a tu lado un rato, y así se lo demuestra cuando a su modo le pide que se siente en el suelo del pinar. Una vez que el padre se sienta y apoya su cansado cuerpo en un pino, el niño se sienta a su vez, apoyándose en el costado de su padre y pasándole su brazo por encima, abrazándolo. Manuel también abraza a Tomás, -si María los viera-. No hay calma mas profunda ni amor mas fuerte en ése momento en ningún lugar del mundo. El niño y el hombre, sin palabras, lo expresan todo.
 

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