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< entrega 9                                                 

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María está preocupada, parece que hoy se retrasan. En la cocina está todo preparado para cenar y no llegan, se asoma por la ventana y aunque no los ve todavía ya están cerca de la casa. No ha pasado mucho tiempo cuando oye los cascaos de las monturas y sale rápido para ver con sus propios ojos que los dos están bien.
Manuel baja de la yegua y ayuda a Tomás a descabalgar de Canela, María llega corriendo, en su mirada refleja angustiada la pregunta de si ha pasado algo. Su marido la mira -tranquila mujer, ahora te cuento, pero todo está perfectamente-.
Cómo siempre, en la soledad de su dormitorio habla el matrimonio. Manuel le cuenta de su paseo, del abrazo y descanso en el pinar con su hijo. María piensa en voz alta -¿es posible?-. Tomás comienza a salir poco a poco de su pequeño mundo y haciéndose entender mas cada día. -Es un milagro- su hijo, su pequeño, aprende rápido y es el mas amoroso del mundo, no importa que no hable -¿para qué?- si muchas veces se dice mas de la cuenta y sobran la mitad de las palabras.

De éste modo, entre paseo y paseo, y entre grandes esperanzas sigue pasando la vida en la finca. Los hombres siguen trabajando duramente en el campo, las mujeres atienden el resto de los trabajos, la huerta; el jardín de María que con el paso de los años está cómo un vergel, lleno de flores y plantas a las que se nota la buena mano y experiencia de su jardinera; que además también en su orgullo. Aunque lo que de verdad la llena de orgullo es ver como su hijo se ha ído convirtiendo en un guapo adolescente. Ya ha cumplido Tomás trece años, es además un muchacho lleno de buenos sentimientos y respeto por todo lo que le rodea, sobre todo de su caballo alazán tostado por nombre Canela, bellísimo con sus diez años a punto de cumplir, -buena planta-. Todos los días algún habitante de la finca lo dice. Han crecido los dos llenos de salud, fuertes y sumamente unidos, Canela sigue viviendo con su madre, en invierno dentro de la cuadra y fuera en verano. Tomás sigue el ritual igual que de niño, se levanta y siguiendo al desayuno, va con Canela; se acarician, no se cansa el chico de acariciar a su caballo.

Ya no necesita Tomás a su padre para preparar y montar al caballo, se arregla bien sólo. Les observan, como no; por si acaso, pero van bien los dos por la finca, Manuel les acompaña a menudo y entonces sus paseos son mas largos, salen de sus terrenos para caminar por otros. Padre e hijo cabalgan juntos, no habla Manuel mucho; Tomás nada, pero que bien se entienden con la mirada. Tan tranquilos que van, serenos y disfrutando de su mútua compañía, no se esperan la tristeza que les trae el próximo día.

Muy temprano, no ha amanecido siquiera, Canela ha empezado a dar muestras de mucho nerviosismo, no para de dar golpes en la cuadra, manotadas en el suelo y vueltas y mas vueltas alrededor de la torda. Oyen el ruido desde la alcoba y bajan corriendo hacia la cuadra. Manuel abre deprisa la puerta y Canela con sus grandes ojos asustados le señala a la yegua, que está tendida inmóvil en el suelo, él se agacha a tocarla y no se mueve. ¡LLama a D. Anselmo! -grita Manuel-. María sale volando con el corazón encogido y los ojos llenos de lágrimas, no encuentra ni el número del veterinario, cuando lo localiza habla con él, que acude en un corto plazo de tiempo, pero no hay nada que hacer. Ha muerto de un infarto Manuel, no ha sufrido -le dice D. Anselmo-.

También con el ajetreo Tomás se ha despertado asustado, algo pasa, se lo dice su corazón y se abre paso entre los adultos como es su costumbre ¿será mi Canela? No, pero es su madre -oye decir a alguien-. Tomás se queda inmóvil, la torda, la madre de su amigo ¿qué va a ser de mi caballo ahora? -piensa-, y arranca a llorar sin consuelo, su padre lo coge de la mano y lo saca a la calle, pausadamente le explica que así es la vida, que tiene sus momentos de dolor; pero que todos unidos pueden afrontar cualquier tristeza. Se va calmando Tomás y agarrado a su padre va a la cuadra, quiere estar con Canela en éstos momentos tan tristes para él. Entra en la cuadra y allí lo ve, resoplando muy nervioso, su caballo no entiende al igual que él mismo, lo que pasa, pero sabe que lo tiene que sacar de allí y así lo hace. Van paseando los dos como cuando eran niño y potro, sin cabezada ni ronzal hacia el pinar. Hace frío, pero no lo sienten, las tristeza les embarga, Canela cabizbajo, Tomás con su mano en el cuello del caballo, de ésa manera le quiere dar ánimos, a su forma, no conoce otra; mas que demostrarle lo mucho que lo ama.

Entre todos los hombres de la finca han sacado el cuerpo de la torda, para que cuando vuelvan los chicos -como les llaman-, no vuelvan a ver a la yegua inerte, que no se enfrenten todavía con la tristeza de la muerte. Pasa muchos días Canela triste, no quiere comer, relincha constantemente llamando a su madre, es un caballo; pero nunca se ha separado de ella y la echa muchísimo de menos, tanta cuadra para el sólo. Tomás no le obliga a hacer nada, quiere que su caballo se recupere del dolor, no le insiste para cabalgar, pero a veces Canela sale a pasear con Tomás hasta el pinar, pero en libertad; sin montura, de ésa forma es como mejor pasean su amistad.

Todo va pasando, y aunque el recuerdo siempre perdura, te vas poniendo un poco mas fuerte cada día y Canela también, además el tiene la suerte de tener por hermano a Tomás, que gran amigo, en su compañía a podido empezar a comer, porqué el chico le ha dado su comida con la mano, y el caballo agradecido poco a poco se ha ído recuperando, pero la vida les va a dar otra sorpresa todavía, ésta vez; de vida y alegría.
 

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